El lado oscuro de la ginebra en la Inglaterra del siglo XVIII

Su popularidad llevó a los empresarios a utilizar todo tipo de aditivos, causando un grave problema de salud en Gran Bretaña

El lado oscuro de la ginebra

El lado oscuro de la ginebra

“La única verdad en este mundo es la ginebra” podía leerse en un artículo titulado “Vida Bohemia” publicado en en al periódico “Blanco y Negro” el 25 de marzo de 1893.

El famoso espirituoso aromatizado con bayas de enebro ya gozaba de buena publicidad a finales del siglo XIX. Se había inventado en los Países Bajos entre finales del siglo XV y principios del XVI.

A principios del XVII se usó para mejorar la función renal y la digestión. Y ya en el siglo XVIII fue cuando empezó a consumirse con tónica como remedio medicinal combatir la malaria.

Hoy en día, esta bebida está tan de moda en España que el reinado del güisqui está amenazado. Fueron los menorquines quienes primero la bebieron en el país, después de que los británicos conquistaron Menorca en 1708. En ese momento comenzaron a llegar los primeros cargamentos.

En los últimos tiempos la ginebra no ha dejado de ganar cuota de mercado y en 2017 representaba ya un 19% del total del alcohol consumido en el país, después de que su producción creciera alrededor de un 20% ese mismo año. Pero hubo una época en que su consumo tuvo un lado oscuro contra el que las autoridades tuvieron que luchar.

En 1751, circuló en Inglaterra el que puede considerarse el anuncio contra el consumo de «drogas» más potente de la historia. Fue creado por el ilustrador y pintor satírico William Hogarth.

Un artista londinense nacido a finales del siglo XVII al que suele considerarse el padre de los cómics occidentales. En su cartel podía verse a una mujer con la cabeza echada hacia atrás, absolutamente borracha y vestida con harapos absolutamente destrozados.

Lo más impactante de la imagen es que la protagonista principal aparece con un bebé que se le acaba de resbalar de las manos y está a punto de despeñarse por las escaleras sin que ella se de cuenta de lo ebria que va.

La calle de la cerveza

Aquel anuncio, con más de dos siglos y medio de antigüedad, intentaba representar las graves consecuencias que traía consigo el consumo de ginebra.

Esta bebida alcohólica se había convertido para los ingleses -a diferencia de la cerveza, representada ya entonces como un proveedor de felicidad, como demuestra otro grabado del mismo ilustrador titulado “La calle de la cerveza” (1751)- en la mayor droga que podía consumir el hombre. Una bebida que amenazaba con desgarrar a la sociedad británica en el siglo XVIII.

Las láminas de Hogarth se publicaron para apoyar el “Acta de la ginebra”. Una ley con la que el Gobierno inglés quiso prohibir su elaboración, venta y consumo, en una especie de ley seca, que se implantó por primera vez en 1732.

Mucho había cambiado para las autoridades inglesas la imagen proyectada por esta bebida usada como medicina, que apareció citada por primera vez en un tratado de destilación de 1582 como “acqua-juniperi”. O lo que es lo mismo, la antecesora del “jenever” holandés y del “gin” inglés.

Parece que fue Franciscus Sylvius, profesor de la Facultad de Medicina de la ciudad de Leyden (Holanda), quien destiló el fruto del enebro con alcohol puro, con el objetivo de producir una medicina. El objetivo era aprovechar las propiedades beneficiosas que se supone tenía este fruto para el riñón.

Los ingleses fueron después quienes lo refinaron y lo popularizaron entre su población hasta que se convirtió en un problema. El responsable fue el Rey holandés Guillermo de Orange que, cuando accedió al trono británico en 1698 como Guillermo III, se llevó consigo la fórmula de la ginebra.

Ginebra a diario

Pronto se convirtió en un problema, puesto que el consumo se les fue de las manos a los ingleses. Los soldados que volvían de los Países Bajos comenzaron a beberla en cantidades ingentes como bebida para el ocio y no como medicina, utilizando a diario el pretexto de la prescripción médica.

Los empresarios vieron la oportunidad y no dudaron en añadir a la bebida cualquier tipo de aditivo que hiciera su sabor más aceptable, con el objetivo de que se siguiera consumiendo y no tener que reducir su producción.

Era como si la población más pobre, que aspiraba a beber como el Rey, aceptara cualquier ginebra sin darse cuenta de que ellos no podían permitirse la ginebra que bebía el Monarca. Pero las casas de destilación de mala ginebra crecían a medida que aumentaban los consumidores.

Para ello “usaron ácido sulfúrico, aceite de trementina y cal. Era como la muerte en un vaso”, aseguraba Lesley Solmonson, autor de “Ginebra: Una historia global” a la BBC en 2014.

“Fue ferozmente adulterado”, añade Jenny Uglow, autor de “Hogarth: una vida y un mundo”, quien cuenta que la ginebra “fue vendida en todas partes, desde las tiendas de ultramarinos hasta los establecimientos de abastecimiento de los barcos. Había un bar en cada edificio”.

Asesinar por la ginebra

Las consecuencias pronto se hicieron evidentes, al producirse un grave deterioro de su calidad con consecuencias nefastas para sus millones de consumidores.

El ejemplo más impactante de la época fue, posiblemente, el de Judith Defour, que fue condenada en 1734 por llevar a su hija fuera de la casa y estrangularla con el fin de vender su ropa para conseguir dinero para comprar ginebra. El autor terminó confesando y fue ahorcado.

La consecuencia fue la prohibición a través del mencionado “Acta de la ginebra” de 1751. Pero, como era de esperar, el resultado no fue el deseado: proliferaron las destilerías clandestinas, el precio subió hasta límites insospechados y, sobre todo, se produjo un grave deterioro de su calidad, causando estragos físicos y psíquicos entre la población.

El acta redujo el consumo y eliminó eficazmente la mayor parte de tiendas pequeñas, que era donde se producían los peores excesos. Sin embargo, no acabó con el problema, pues desencadenó el mayor interés por la ginebra de la historia.

Más tarde la prohibición tuvo que ser levantada y la ginebra inglesa recuperó definitivamente su esplendor, gracias a las normas que regularon su elaboración, comercio, consumo y fiscalidad. A principios del siglo XIX, James Burrough produce la famosísima Beefeater, una de las más vendidas del mundo hoy en día.

A él se debe la magistral fórmula de Gin-Dry, cuyo componente esencial, el agua de Londres, dio denominación a la ginebra London-Dry.

La fórmula secreta desde entonces se guarda en la torre de Londres, custodiada por los famosos Beefeaters, guardias cuya vestimenta de estilo medieval hace las delicias de los turistas.

 

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